Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

martes, 18 de abril de 2017

Tu palabra contra la mía




Tu palabra contra la mía.
Literalmente.
Tu palabra contra la mía.
Desde hace un tiempo el tiempo de disputas se quedó sin tiempo para disculpas.
Y es terrible, la verdad, un axioma salvaje que nos sale de las entrañas, con la saliva golpeando nuestros ojos y la lengua envasando salvedades al vacío. ¿Dónde quedó el murmullo arrullador con el que arropábamos nuestros escombros? ¿O la fuerza limpia, la buena? ¿Así de flojito nos vamos? Justamente. Como dos túneles mal iluminados que se pierden en las pupilas de un si acaso.
Si acaso te hago caso, te llamo, te perdono, me disculpo y me avellano.
Si acaso me re [sic]. Refuerzo mis entrañas, retomo mi causa, reconstruyo lo nuestro rememorando que me amabas. Recapitulemos: ¿amas o amarras? Porque retiras noblemente el resto de infancias. Tu infamia era entre bisontes y guisantes; la mía, entre limones y alcaparras. ¡Las distantes naturalezas se nos mudan! Nos vemos así, nos vamos flojito. Sin regar, con el cuerpo cedido bajo el sol y los lomos muy mates.
Siempre que cierras una ventana —«para que no nos oigan los vecinos»— abres una puerta «porque no aguanto más». Y es que el aire ahoga cuando se encierra en una casa más pequeña que una jaula. Hace un tiempo que ya no volamos y nos hemos limitado a graznar. Ya no haces las maletas: las tiras, a ver si rebotan en los árboles y todas nuestras cosas se van lejos, porque el "re" es poderoso e irrebatible, y recorre mucho pero jamás retorna. Nos estamos quedando ciegas con tanto a ver si. A ver si la culpa va a ser mía, a ver si creces, a ver si te das cuenta. De que esto es una guerra sin cartel y solo jaula, de que cuando golpeamos la mesa se vuelan las cartas y renacen todos los "re" sin ningún bando.
Tu palabra contra la mía.
Literalmente.
Tu palabra contra la mía es un eco que queda retumbando.
«A ver si revientas» me dices.
 «A ver si regresas» respondo.

lunes, 3 de abril de 2017

La soledad de las montañas colosales

Para sentirse como una montaña hay que ser
como una montaña grande y fría
como una montaña inamovible
como una montaña un estornudo de nieve
inabarcable para el tiempo.
Para ser como yo basta
con ser humana una piel frágil
de humana un instante inevitabe y breve
como una humana cosita triste
que se desmenuza entre los dedos
correosos de la muerte.

lunes, 20 de marzo de 2017

Cada cuatro años nace una poeta suicida





A Sexton, Plath y Pizarnik
Nacidas en 1928, 1932 y 1936

Cada cuatro años la muerte
abre la llave del gas de una cocina,
se fuma un cigarrillo en el sofá y espera.

Otras veces enciende el motor de un automóvil
dentro del garaje
y canta Chair in the Sky,
un poco de jazz no despertará
a las muñecas recién maquilladas, piensa.

Cada cuatro años la muerte toma
anfetaminas para adelgazar,
pero se le pasa un poco la mano
y ya no despierta.

No se pone triste, ni alegre, ni neurótica, no.
pero cada cuatro años
la muerte amanece lúgubre
y observa la tarde roja
desde una ventana.
Alguien trata de invocarme, dice,
y cierra amargamente los ojos.

A mí me da pesar, no sé,
es como si ella quisiera decirnos
o contarnos algo desde su delgado rostro blanco,
como si estuviera cansada de estrangular mujeres.
Yo la conozco muy poco,
pero me consta aborrece
su funéreo oficio.
Últimamente la han visto respirar
cierto aire suicida.

Cada cuatro años a la muerte
se le irritan los ojos,
sabemos que ha llorado, lo sabemos,
pero callamos,
sabemos también que busca algún vientre
y como ella no tiene el privilegio
de la carne materna
aferra entonces sus fríos y delgados dedos
en el primer ombligo que encuentra.

Por eso cada cuatro años algunas niñas
ya vienen muertas.

 Francisco Ruiz Udiel.



Revista de Poesía PROMETEO, nos. 81-82, 2008.
Memorias del XVIII FESTIVAL INTERNACIONAL DE POESÍA DE MEDELLÍN

domingo, 12 de marzo de 2017

El minero y el canario







El minero desciende por las angostas entrañas de la tierra, encomendándose en silencio a aquel infierno de polvo, rocas y azufre. A sus espaldas, veinte años de oficio percuten su cruz con picos y punterolas de hierro. Su cara tiene bolsas de cansancio pero no del tipo de cansancio que conocemos, y sus pulmones están hechos de silicosis que acecha silenciosa. No tiene raza, ningún minero la tiene: todos parecen el primer hombre moldeado por Dios, pues son marrones y están hechos de barro. Su mano izquierda aferra con fuerza la jaula oxidada de un canario timbrado de plumaje amarillo que canta optimista:
Vas a morir algún día. Lo sabes, ¿no? dice el canario.
El minero, resignado, se encoge de hombros. Ya lo sabe. Su padre lo sabía, también su abuelo. Ambos terminaron por morir algún día. El hombre enciende la lámpara de su casco, la luz arroja sombras siniestras sobre sus ojos y sus labios. Se ata una gruesa cuerda al arnés mientras el canario prosigue con su canto:
—¿Hoy hace más calor de lo normal o me lo parece a mí? —El canario aguarda expectante la respuesta del minero, pero no llega—. Vas a morir algún día, ¿eh?
El minero echa a andar por un túnel apuntalado con vigas de madera. A veces sueña con el corredor de la muerte y la última cena de los condenados. Gotitas de cal y humedad se escurren lentamente de las estalactitas y caen sobre su casco. Cuando llega a un tramo más angosto, coloca la jaula entre sus dientes y empieza a gatear. La punterola que lleva sujeta al cinto roza con las paredes y forma un surco sobre la tierra. El canario aletea incómodo.
—¿Irás a la huelga? —le pregunta al hombre. Éste responde con un gruñido—. Puede que convoquen una antes de que mueras, ¿sabes? Porque tienes que tener en cuenta de que vas a morir algún día.
El pasadizo se ensancha lo suficiente como para que el minero pueda ponerse en pie. Suelta la jaula y hace un movimiento rotatorio con las manos para desentumecer las muñecas. Se sacude el pantalón para que la tela se despegue de sus rodillas enrojecidas. Escuece. Escuece casi tanto como el canto del canario.
—Supongo que ya hemos llegado. Odio esta caverna, está tan vacía como los huecos de esta jaula mía. ¿Qué os queda por sacar? Vais a morir igual, aunque os llenéis de oro y piedras.
El minero le ignora y se pone a trabajar, horadando la pared con golpes secos y contundentes. La tierra despedazada salpica la jaula del canario, que sigue hablando sobre la muerte con su canto insistente. Después de una hora, el minero está agotado y crispado. Se dirige al canario con brusquedad.
—¿Puedes callarte de una jodida vez? ¡Ya sé que voy a morir algún día! Igual que tú, igual que todos. ¡No nos queda otra, así que cierra el pico y déjame trabajar tranquilo!
El canario toma consciencia de sí mismo y permanece inmóvil.
—¿Yo también moriré? —pregunta finalmente con voz débil.
El minero no responde y continúa picando la tierra. Al fin encuentra vestigios de minerales, así que saca un pequeño rastrillo y comienza a raspar. La caverna está en silencio, ya ni siquiera se escucha a los mineros trabajando en las otras galerías; durante un buen rato, tan sólo resuena el goteo de las estalactitas y el rascar del rastrillo. Cuando termina, se gira exultante hacia el canario. Pero pronto su sonrisa desaparece: su pequeño compañero amarillo yace muerto en el suelo de su prisión. El minero, con el corazón atropellado, coge la jaula y la agita desesperado mientras grita, pero el canario permanece inmóvil en la jaula. El pico entreabierto, el pecho quieto, los párpados cerrados... El minero comienza a llorar, se apoya contra las mismas piedras a las que les arrebató la vida y se desliza hacia abajo lentamente, hasta hacerse pequeño, diminuto. Siente cómo la muerte le hace señas, avisándole de que salga, pero no puede. No le quedan fuerzas para levantarse. Todo el cansancio acumulado durante años bajo esas minas, que no es el mismo cansancio que nosotros conocemos, se apodera de él y de su cuerpo sin raza. Tiene sueño, mucho sueño, así que después de llorar como un niño se echa a dormir como un niño.
Pájaro y hombre duermen para siempre, amarillos, dentro de sus jaulas.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Las palabras son como las putas: cuanto menos usadas más bonitas.